Veteranía de los libros negros

Nunca imaginé que los vería. Sabía de su existencia por referencias en las clases de contabilidad que había tomado. Sin embargo, me parecía imposible que los siguieran usando a mediados de la década de los noventa cuando ya –supuestamente- el mundo estaba computadorizado. Pero sí, existían y Laboy (nombre ficticio para proteger la identidad de un hombre maravilloso que lo más seguro no le interesa que su nombre salga publicado en un aparato tan extraño llamado computador) los utilizaba para llevar las cuentas de esa empresa familiar a la que yo recién ingresaba a trabajar. Eran los libros negros de contabilidad (Registro de desembolsos; Libro mayor general de contabilidad y Diario de Entradas de Jornal) allí en formato de columnas y de manera manual estaba toda la información financiera de la empresa.

Laboy para esa época ya tenía sus setenta y tantos. Era de la generación de los Veteranos y sus características laborales así lo confirmaban: respetuoso, fiel, obediente a la jerarquía, cívico y muy dedicado. Estaba convencido de que la forma en la que él había llevado las cuentas por décadas era la correcta y la más efectiva: los libros negros.

Podría haber sido la más correcta, sí, pero tal vez dos décadas atrás. En cuanto a efectividad no había dudas, el método era obsoleto. ¿Sumar y trasladar cifras de seis o más dígitos manualmente? ¿Balancear cuentas con una máquina sumadora y luego pasar los números a un papel? (Que casi nunca cuadraba de la primera intención). ¿Todo esto, cuando existían programas en computadoras que ya lo hacían?

Uno de los retos de contar con Veteranos –y todavía los hay- en ambiente organizacional, es la resistencia al cambio así como el trillado estribillo “de que todo lo pasado era mejor”. En el caso real que les relato, me tocó a mí, introducir las computadoras a ese entorno laboral. Les anticipo que representaron una total revolución y colisión con otros compañeros de otras generaciones -eso lo relataré más adelante.

La solución salomónica de la gerencia fue que Laboy continuaría con las cuentas a pagar manualmente y yo me encargaría de las cuentas a cobrar computadorizadas. Y hasta al momento que la empresa fue vendida –y yo con la empresa- continuó así.

Laboy, como digno representante de la generación de Veteranos, tras la venta, continuó fielmente con la familia que vendió la empresa llevando sus cuentas en los libros negros. Imagino que Laboy no sintió la presión que recibió el resto del universo cuando esperábamos el año 2000 y se auguraba una posible crisis con los sistemas computadorizados con el denominado Y2K.

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